El Lucamverso

La estela del Lucamverso

Blade Runner 2049

por Francisco Martínez Vegazo

Publicado el 21 de julio de 2026

Esta propuesta cinematográfica está tan interesada en mostrar sistemáticas vinculaciones con su predecesora, tan interesada en desplegar una superioridad plástica, tan interesada en parecer importante y trascendente, tan interesada en estar a la altura de las circunstancias que al final todo en ella resulta excesivamente calculado. Mecánico ejercicio de estilo que peca de ausencia de alma. No hay una sola secuencia en la película que sea capaz de transmitirme la más mínima emoción. Ni siquiera su esteticista y nevado desenlace, pues para que el mismo haga su efecto es necesario que con anterioridad la transformación de K y, como resultado, su inmolación final sean creíbles, pero el personaje principal es tan plano, poco empático y frío que tal logro se me antoja improbable. El cartón piedra que atesora este actor es precisamente lo contrario que conseguía transmitir Ford o Hauer antaño. Pero no creo que sea solo achacable a un problema interpretativo o de exceso de contención. También conceptual a nivel de guion y realización/dirección. Por poner un ejemplo, la relación entre la mujer hológrafa y él es de casa de muñecas, y la intervención de la otra chica para consumar cierta sexualidad entre ambos es un remedo burdo del promovido en la obra maestra de Jonze, Her (2013).

Si por algo fue especialmente grande la obra de Ridley Scott es por su capacidad para transmitir de forma emocional y finalmente lírica cómo unos seres artificiales llegaban a sentir y amar la vida aún más que sus creadores humanos y, en consecuencia, luchar contra la finitud impuesta o su fecha de caducidad. Nos llegábamos a preguntar qué es ser humano y no qué es un ser humano. Humano es aquello/quien capaz de desarrollar la complejidad que suponen los sentimientos, afectos y recuerdos, con independencia del fluido que circula por sus venas, del material del que esté elaborada su estructura o si las percepciones de la memoria han sido añadidas artificialmente o experimentadas. Qué o a qué eliminaba Deckard nos preguntábamos en su día y se preguntaba él mismo. Y finalmente comprendió que “amaba tanto la vida que salvó la mía” pese a haber dado caza y eliminación sin piedad a su amada.

Hoy, Blade Runner 2049 se viste de un enorme artefacto muy al uso del cine de su director (habiendo visto toda su filmografía, tengo una relación de amor/odio que esperemos con el tiempo se decante por el primero) y en general del cine moderno para regalarnos un trabajo formalmente impoluto, brillante e incontestable pero nuevamente pomposo y henchido, cuya grandilocuencia esconde una historia repetitiva, plana, paralela, sin ánima y siempre deficitaria respecto del original.

La culminación/fusión/hibridación del amor entre hombre y máquina es el objetivo de esta película, pero ¿necesitaban los replicantes ese “milagro” para dar sentido a su existencia? ¿es ese antropocentrismo necesario? La fusión entre humano y replicante solo viene a cuestionar el verdadero sentido y lirismo de la película inicial, de la que algunos deducimos que el eterno dilema del hombre en su búsqueda de lo inmortal estaba representado por esos replicantes que con independencia de su naturaleza artificial eran capaces de sentir. Insisto, ¿es el hombre humano por lo que está construido?, huesos, sangre, piel y carne, o ¿es hombre por lo que es capaz de sentir, amar, percibir, admirar o idolatrar? Cuando Ford se denomina “ex policía, ex asesino” ya estaba otorgándoles a sus víctimas la condición de humanos o de seres cuya eliminación suponía un asesinato.

La hija surgida entre hombre y máquina ¿es solo el pretexto argumental de una visión pobre y egoísta desde el lado humano, desde la necesidad egocentrista de dotar a la máquina de algo de humanidad en la asunción soberbia que nada que no proceda en todo o en parte de lo humano jamás será reconocible? ¿Necesitan los replicantes tal milagro para sentirse únicos, especiales y no aniquilables? ¿Necesitan tal milagro para exigir el respeto vital que le es intrínseco por estar diseñados no a imagen y semejanza de los humanos y sí por poder amar, sentir y apreciar la vida, ya sea como humanos o como máquinas?

Finalmente, qué más da si el verdadero lastre de Blade Runner 2049 es que se muestra como un artefacto bellísimo pero prefabricado, alejado del lirismo y la esencia de todo aquello que debería de haber sido objetivo o meta, esto es, la auténtica profundización en el mundo replicante, altura en la definición y trazados de esos seres, de sus anhelos, de su suficiencia emocional y afectiva, de su angustia vital al ser los nuevos esclavos y desheredados de un mundo gobernado por deshumanizados humanos que aniquilan a humanizadas máquinas y, por el contrario, derivando en laberintos formales pobres en la esencia pese a su opulenta apariencia. Por no hablar de personajes mal definidos o, mejor dicho, sin definición. La aparición postrera de Ford produce aflicción, pues solo sirve para mostrar un repertorio gestual de penurias, miedos y fuerzas ya gastadas. Nuevamente salvado por un replicante encarnado por un actor lastrado de indiferencia. Esta obra es el ejemplo paradigmático del cine que nos ha tocado vivir y del cine que gusta a la mayoría de los críticos de nuevo cuño. Aparatosos artefactos que pretenden ser desde la apariencia y la atmósfera y, por el contrario, están notablemente huecos y deshabitados.

Foto de Francisco Martínez Vegazo

Francisco Martínez Vegazo

Cinéfilo exigente y colaborador invitado del Lucamverso.

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