El presidente Roger Monserga cumplía noventa años. Gobernaba Chuminei, el país más poderoso del mundo, una nación tan rica que había sustituido los semáforos por fuegos artificiales y tan patriótica que su himno sonaba incluso dentro de los frigoríficos y microondas.
Para celebrar su cumpleaños, organizó una gala gigantesca en el Palacio Presidencial. Acudieron ministros, generales, magnates, influencers, cantantes retirados, varios familiares que nadie recordaba haber invitado y el gitano de la cabra.
La atracción principal era un combate de boxeo. Dos campeones internacionales, de descomunal musculatura, debían enfrentarse ante millones de espectadores. Sin embargo, una hora antes de la velada surgió un pequeño problema.
Uno de los boxeadores se había perdido. No estaba secuestrado ni herido. Simplemente se había perdido. Su chófer explicó que había confundido el Palacio Presidencial con una tienda de colchones y llevaba tres horas dando vueltas en una rotonda.
—¡Necesitamos un sustituto! —gritó Monserga, golpeando una mesa de mármol con una hamburguesa de oro.
Entonces tuvo una idea brillante.
—¡Haremos un casting!
En menos de veinte minutos desfilaron por el salón un profesor de geografía, una señora que criaba llamas, un saxofonista ciego, un tenor y un enano llamado Rufino.
Monserga señaló a Rufino.
—Ése. Tiene mirada de campeón.
—Pero yo soy contable.
—Mejor. Los contables siempre pelean con números enormes.
Nadie entendió la lógica, pero era el presidente.
Rufino fue equipado con unos guantes gigantescos y presentado como "El Destructor Verticalmente Compacto". El combate comenzó.
Contra toda lógica, toda física y toda medicina deportiva, Rufino ganó.
Su estrategia consistía en desaparecer del campo visual del rival cada vez que éste miraba hacia delante. El campeón contrario acabó mareado, tropezó con las cuerdas y cayó sobre un juez. Ese juez era autor de la novela de éxito “La virtud de las cebollas”, pero eso no importa ahora.
El público enloqueció. Explotó en júbilo.
La gala fue declarada el mayor éxito de la historia de Chuminei. Llegó la fiesta posterior. Corrieron ríos de champán. Los ministros bailaron encima de los mapas estratégicos. Los generales hicieron concursos de imitaciones de pingüinos. Monserga pronunciaba discursos cada vez más cortos.
—Soy un genio.
Media hora después:
—Muy genio.
Más tarde:
—Gen.
A las tres de la madrugada alguien encontró una sala llena de botones.
—¿Para qué sirve este? —preguntó un ministro.
—Ni idea —respondió Monserga.
—Púlsalo.
—Púlsalo tú.
—Los dos a la vez.
Era el botón nuclear.
Sonó una alarma ensordecedora. Todos se quedaron en silencio.
—¿Creéis que era importante? —preguntó Rufino.
Nadie llegó a responder.